Duques de Osuna y Veragua
1835 – 1849
El año siguiente de la muerte del Rey, 1834, la Reina Gobernadora determinó enajenar la ganadería, realizándose la venta el año 1835 a los Excmos. Sres. Duques de Osuna y de Veragua. El número de cabezas de que constaba la ganadería era poco más o menos, el mismo que el que tenía cinco años antes, cuando el Sr. Freire las escogió de la testamentaria de Vázquez, es decir, alrededor del medio millar.
La torada se trasladó a las dehesas del Duque de Osuna en Benavente (Zamora), donde permaneció hasta 1840 que regresó a varios pastos de la provincia de Madrid, de la Mancha y de los Montes de Toledo, propiedad del Duque de Veragua.
Todas las reses de hasta cuatro años tenían el hierro de la Real Casa; las de más edad, el de Vázquez. Todas ellas tenían la señal de Vázquez por haber continuado con ella el Patrimonio, a excepción de cierto número de erales y de eralas, hijas de los toros de Gaviria y Fuentes.
Los nuevos propietarios acordaron extirpar todo lo que no fuera vazqueño y para que no hubiera duda en la selección, todas las hembras que tenían el hierro de la Real Casa se fueron matando en los años siguientes y ninguno de los machos de igual hierro fue destinado a la reproducción.
Los Duques lidiaron sus toros por primera vez en la plaza de Madrid donde se anunciaron como de la ganadería de Don Vicente José Vázquez, con divisa encarnada y blanca.
Encarnada fue la que usaban los vazqueños en Andalucía; más cuando vinieron por primera vez a Madrid donde se les ponía de ese color a los de D. José Gijón, que eran más antiguos. Por esta causa se escogió para los de Vázquez la de los dos colores expresados.
Los toros de esta ganadería conservaron en la plaza de Madrid la antigüedad de Vázquez, que es hoy la más remota entre todas las ganaderías existentes.
Primer Duque de Veragua
D. Pedro Alcántara Colón
1849 – 1866
En 1849 pasó a ser propiedad del Sr. Duque de Veragua la participación que en la ganadería tenía el Sr. Duque de Osuna, y aquel continuó siendo el único dueño hasta que, después de su muerte, acaecida en 1866, pasó la propiedad de esta a su hijo D. Cristóbal Colón de la Cerda, Duque de Veragua, Marqués de la Jamaica, Almirante y Adelantado Mayor de las Indias, senador del reino y ex ministro de la Corona, a quien, se le adjudicó en la testamentaria de su padre.
La estrecha amistad que existió entre D. Antonio Miura y D. Cristóbal Colón de la Cerda, Duque de Veragua, hizo que muchas veces discutieran sobre la preferencia entre el sistema de tienta en corral y el de acoso que se sigue en Andalucía, por lo que para hacer una prueba dejaron sin tentar en 1879 veinticinco becerros que fueron acosados, y al año siguiente se tentaron todos los machos de aquella camada por ese procedimiento para proporcionar diversión a la sociedad de garrochistas madrileños de la que el Duque formaba parte.
Estos ensayos dieron motivo a confirmarle en la opinión que siempre sustentara sobre la materia. Los dos sistemas dan buenos resultados cuando se practican con inteligencia, en Andalucía la costumbre y el terreno hacen más fácil y natural la tienta de acoso. En Castilla ese sistema ofrece dificultades por falta de sus propios elementos y un corral bien dispuesto para evitar toda querencia, lo que también es preciso precaver en el campo dejando libre al becerro de todo aliciente que no sea su propia voluntad para ir o no al caballo, da una idea igualmente exacta de sus instintos, con la ventaja de que así es más fácil la vigilancia y la dirección del amo que en horizontes tan abiertos como ofrece el acoso.
El tipo de los toros de Veragua, es fácil de distinguirse entre los demás, asemejándose mucho al de las castas andaluzas, de donde procede, aunque todavía aparecían a veces en las pariciones crías que las personas conocedoras podían reconocer como si la fusión que se propuso llevar a cabo D. Vicente J. Vázquez no fuera todavía un hecho consumado.
Por esta razón en una misma corrida suelen verse pelos sardos, berrendos en colorado y jabonero, de abolengo cabrereño; negros, cárdenos y rubios acaramelados que acusan la procedencia de Vistahermosa; berrendos en negro procedentes de Casa Ulloa, y algunos castaños mohínos y de armadura especial que recuerdan a los de Bécquer.
Un dato curioso es la creencia generalizada de suponer que el pelo jabonero constituye el tipo característico de la raza antigua. Cuando sin embargo hasta 1855 esta capa escaseaba hasta el punto de no contarse más que dos o tres vacas de semejante reseña, y era muy raro ver en la plaza toros jaboneros; pero el deseo de propagarlos hizo destinar para semental a un toro llamado Charrengue que se lidió en Valencia en 1861 después de haber fecundado considerable número de vacas durante tres años. De sus hijos se destinaron diez o doce a la reproducción que a su vez dejaron descendencia de condiciones superiores, y sucesivamente fue aumentándose este pelo, el cual domina sobre muchos otros que fueron distintivos de la ganadería.
Segundo Duque de Veragua
D. Cristóbal Colón de la Cerda
1866 – 1910
Época estelar de la ganadería. Contaba alrededor de los treinta años don Cristóbal Colón y de la Cerda, cuando, en 1869, por muerte de su padre, don Pedro, duque de Veragua, marqués de la Jamaica, almirante y adelantado mayor de las Indias, vino a heredar, entre los anteriores títulos y otros bienes, la vacada de reses bravas que dicho don Pedro Alcántara Colón había disfrutado desde el año 1835 en unión del undécimo duque de Osuna, ya a partir de 1849, como único propietario.
Sobre este Duque encontramos la siguiente semblanza escrita por “Areva” en su libro “Ganaderos de Antaño”.
“Realmente, hacia bastante tiempo que don Cristóbal había entrado de hecho en posesión de la antigua ganadería de don Vicente José Vázquez-luego de Fernando VII-, puesto que durante los últimos tiempos de su progenitor, como mayorazgo, cuidaba de la administración de la hacienda y, principalmente, de la acreditadísima vacada.
Entusiasta aficionado, competente agricultor, escrupuloso ganadero y excelente caballista, don Cristóbal Colón y de la Cerda, decimocuarto duque de Veragua, continuó con los mismos sistemas empleados por su padre para la reproducción y crianza de las reses. Enemigo de cruzamientos en toda clase de ganados, como don Pedro, lo fue también su hijo don Cristóbal. Nada de sangres distintas, de cuyos acoplamientos podían surgir individualidades diferentes con variados caracteres hereditarios, y el método selectivo por consanguinidad, esto es, la unión entre sí de animales de la misma casta y de parentesco muy cercano imperó en la vacada del ilustre prócer, aumentando así entre la descendencia los caracteres o particularidades de sus ascendientes.
Por excepción, una sola vez puso el duque a un reducido número de vacas un toro que no era de los suyos. Dada la estrecha amistad que existía entre don Cristóbal y el afamado ganadero sevillano don Antonio Miura, se hizo por ambos un cambio de sementales. El criador andaluz regaló un eral de su hierro al ganadero castellano, y éste, a su vez, envió a aquél otro becerro señalado con la marca ducal. Pero la simiente de Miura poco pudo influir en la sangre veragüeña. Durante dos primaveras efectuó el toro la cubrición de un pequeño lote de hembras, señalándose a las crías, por expresa orden del duque, de forma distinta a la empleada con las de pura casta vazqueña, al objeto de distinguirlas en su día y no dedicar a reproductor ningún macho de este cruce.
El campo y la ganadería fueron las dos pasiones favoritas de don Cristóbal y a las que se entregó con el mayor afán. Hombre llano, afable, bondadoso y gran aficionado a la cría de toros y caballos, gustaba departir con aperadores y mayorales sobre las labores de la tierra y el estado de las reses. Ni aun en las épocas en que sus importantes cargos y dignidades de grande España, vicepresidente del Congreso y del Senado, ministro de Fomento y de Marina, presidente de la Asociación de Ganaderos del Reino, etc., requerían continuada estancia en la capital, dejó el duque de Veragua de hacer múltiples escapadas a sus fincas. Y a las dehesas «El Molinillo», «Villapuercas» y el «Sotillo», en los montes de Toledo; a «Los Caños», «Navalcaide» y otros cerrados próximos a Madrid, marchaba don Cristóbal, solo o en compañía de invitados-entre éstos, los componentes de la Sociedad de garrochistas madrileños, de la que el duque formaba parte-, para celebrar alguna fiesta campera o informarse directamente de las últimas novedades.
Sin embargo, no faltaron detractores que dieron como segura la decadencia de la mejor ganadería brava de aquella época. Pero la realidad era que las empresas se disputaban los toros del duque, primer ganadero que, en 1874, cobró cuatro mil reales por toro, viniendo de ahí que al billete de mil pesetas se le llamase «un Veragua » ; que los toreros excepto los picadores, que miraban con respeto a tales bichos por su codicia y empuje, mostraban especial predilección hacia aquellos toros, por lo fáciles que resultaban para el triunfo, y que los públicos los aplaudían sin reserva.
Los toros de Veragua tuvieron gran fama, prefiriéndoles los toreros a los de otras ganaderías porque daban ocasión a un mayor lucimiento, sirviendo a veces de esponja que borraba anteriores fracasos.
Cuéntase que allá por el año 1890, un novillero de cartel, preguntó cierto día Fernando Gómez, «el Gallo», qué toros eran los mejores para los toreros. A lo que el célebre espada contestó sin titubeos: «Mira, mocito: no digas que eres torero si no sabes eso. Los de Veragua, hijo, los de Veragua. Eso no se pregunta».
Don Cristóbal Colón y de la Cerda, señorial y concienzudo criador de reses bravas, mantuvo cerca de medio siglo el crédito de la divisa encarnada y blanca, figurando sus toros, los famosos “Veragüeños”, a la cabeza de los de las demás ganaderías.
¿Qué otro ganadero, como el duque, se permitió el lujo de proporcionar a parte de las vacas un año de descanso en su función procreadora con objeto de no agotarlas y de que criaran hijos sanos y robustos?
Este detalle, por sí solo, evidencia el desinterés y la afición de aquel ganadero, celoso del buen nombre de sus toros, al que si algún reparo hubo de ponérsele no debió ser precisamente el de la falta de escrupulosidad en la crianza y presentación de las reses.
tercer Duque de Veragua
D. Cristóbal Colón Aguilera
1910 – 1928
Sobre la personalidad y los criterios de este tercer y último Duque ganadero, voy transcribimos la entrevista que le realizó para el periódico ABC el 19 de Febrero de 1917, Gregorio Corrochano.
“Hemos charlado con el duque de Veragua; no le hemos interviuvado, ni hemos adoptado en nuestra conversación esa actitud periodística de pandereta, de cuartilla y lápiz en ristre. Hemos charlado sencillamente, como dos buenos amigos que gustan de comentar una afición mientras fuman unos cigarros.
-Cada día más.
-En este punto es usted más optimista que yo. Creo que el público sólo se satisface con el lucimiento del torero, y que, logrado esto, no le interesa nada más de la Fiesta.
-Sin embargo, se inicia una reacción. El abuso de estos últimos años da sus frutos. No diré yo, como esas notas oficiosas publicadas a ruegos de los interesados, que los toreros vayan a pedir, casi a exigir, ganado que no quisieron en otras temporadas; pero el público, empalagado de una fiesta que con sus características va perdiendo su interés, se da cuenta de que sus extravíos le conducirían a tal extremo, que el símbolo del toreo sería Llapisera. Y ya metidos en esto, ¿qué opina usted de la edad de los toros? -En este asunto, mi condición de ganadero podría infundir sospechas.
-Lo más interesante de cuanto se diga acerca del toro lo han de decir los ganaderos.
-Pues yo creo sinceramente que no es condición precisa que el toro tenga cinco años. Es suficiente con que pase de cuatro y esté bien criado. Por esto creo indispensable fijar un peso mínimo. El peso y la edad han de dar el tipo del toro de lidia. Lo razonaré:
»El toro cuatreño tiene todas las características que alguien supone exclusivas de los cinco años, incluso la constitución de la boca, que es la más definida; lo cual quiere decir que el ganadero, aprovechando las condiciones de esta raza precoz, ha logrado mejorar el toro, adelantarle un año. Tiene el cuatreño la ventaja de dar una lidia más franca, ser más ligero, más ágil, más apto, menos propenso a reservarse, a defenderse, a hacerse de sentido.
-¿Y no habría temor de que algunos toros diesen el peso no por un desarrollo progresivo, consecuencia del celo del ganadero, sino por haberle engordado a última hora con una sobrealimentación?
-Deseche usted este temor. A los toros se los cría con lo que da el campo. Sólo en los años de escasez nos vemos obligados a recurrir a darles pienso.
Si así la ganadería es un negocio ruinoso, calcule usted lo que sería si los toros se cebaran como los cerdos.
-¿Que es un negocio ruinoso?
-Indudablemente. Mire un dato elocuentísimo. Mi abuelo vendía los toros a mil pesetas, a cuatro mil reales, como se decía entonces; de esto viene el llamar veraguas a estos billetes. Yo los vendo a cinco y seis mil reales. A primera vista parece que mi precio es más remunerador; pero no sucede así, porque yo pago por las fincas en renta la misma cantidad de pesetas que mi abuelo pagaba de reales; de manera que para obtener los mismos rendimientos -aun no teniendo en cuenta otras cargas- sería preciso que yo vendiese cada toro a cuatro mil pesetas. Yo sostengo la ganadería por afición y por tradición de familia; como negocio, no seguiría ni un día más.
-¿Es muy numerosa su ganadería?
-De 1.200 cabezas. Saco unos 120 toros por año. Y aquí tiene usted otro dato de lo que es este negocio. Sólo da rendimiento un 10 por 100 del ganado; esto es, que con lo que produce cada toro hay que criar diez.
-El origen de su ganadería…
-Mi ganadería tiene todas las castas de reses bravas que hay en España.
-En el corral. Yo no dispongo de esas grandes llanuras de que disponen los ganaderos andaluces para hacer las tientas a campo abierto. Además, creo que es más fácil darse cuenta de las querencias en un lugar cercado, y esto es muy importante. En el campo, las querencias cambian con más frecuencia, sin que nadie se aperciba. En mi corral hay una tapia que, sin saber por qué, es la predilecta de los becerros, acaso por la orientación, y esto lo tengo muy en cuenta para no equivocarme contando los puyazos a favor de querencia.
-¿Los apura usted mucho?
-A las becerras, sí; a los machos, no. A estos sólo les damos dos puyazos, y la nota depende de la bravura y empuje que en ellos pongan. No se puede castigar mucho a los becerros, que luego se acuerdan en la plaza y no se acercan a los caballos. Aun así, nos vemos chasqueados. Porque en esto, como en todo, se cumple la desconcertante ley de la herencia. ¿No nos asombramos muchas veces de la conducta de un hijo relacionándola con la de sus padres diametralmente opuesta? Pues igual nos ocurre con los toros. De padres de nota inmejorable sale un granuja que nos desacredita toda la ganadería. Y a veces de vacas desechadas nacen toros que dan una lidia irreprochable. Si no fuera así, ¿cree usted que con la escrupulosa selección que venimos haciendo durante tanto tiempo se lidiaría un toro que no fuera bravísimo?
-¿Y no sería conveniente que la Asociación pusiera ciertas limitaciones y exigiera ciertas garantías?
-Ya lo hemos hecho. Hoy no puede asociarse sino el que compre una ganadería completa, para evitar eso que se llama ganadería de saldo o retazos.
-¿En cuál pelo confía usted más? ¿En los jaboneras?
-No, señor. En los negros entrepelados, y menos en los retintos. Aunque hay sus excepciones. Ya que me ha preguntado usted por los jaboneros le diré una cosa curiosa: el pelo jabonero, que va tan íntimamente ligado a nuestra ganadería, no existía cuando la adquirió mi abuelo. En aquella larga vacada, de pelos tan varios, sólo había un jabonero. Cuando se hizo la selección alguien aconsejó a mi abuelo que desechase aquel toro de pelo tan feo. Pero el toro tenía una excelente nota, y lejos de desecharle le echaron a las vacas. Este es el origen del pelo jabonero en la ganadería. Como recuerdo conservamos, como verá usted, la calavera de este toro.
-He oído decir que ustedes no vendieron nunca sementales.
-Nunca. El único macho que salió de la ganadería se lo regaló mi padre a Lagartijo.
-¿A qué achaca usted que sus toros se aplomen tan pronto?
-No lo sé. Cada raza tiene sus características. Acaso dependa de la constitución física del animal. Lo que desde luego le aseguro es que contribuye mucho a ello la lidia, y ésta de hoy es capaz de aplomar a un elefante. El abuso del capote es fatal para el toro. Y no hablemos de las puyas actuales. Mientras no se modifiquen es inútil todo; no hay toro que lo resista. La prueba está en que antes se le perdonaba a un toro la vida después de diez o doce puyazos, y el toro curaba de las heridas; hoy, cuando por cualquier causa se retira un toro al corral después de dos puyazos, al día siguiente amanece el toro muerto. ¡Con decirle a usted que en la pasada temporada me mataron un toro de un puyazo de refilón! De esto, cuanto se diga es poco.
-Y además de poco, se dirá en balde, mientras no haya más energía para sacudiese imposiciones. Mire usted, cuando nos reuníamos en la Dirección de Seguridad para reformar el Reglamento, el día que nos tocaba examinar las puyas, recibimos un telefonema de los picadores de Sevilla, que decía textualmente: «No estamos conformes con lo que acuerden en el asunto de las puyas.» Es decir, que no nos habíamos reunido, y ya no estaban conformes con lo que acordáramos.
-Pues mientras esto no se resuelva, ¿para qué hablar del toro? No habrá toro ni con cinco años ni con siete, aunque el ganadero consiguiera ejemplares excepcionales.
Casi nos avergonzamos de plantear en presencia de aquel retrato problemas sobre los que no admitiría aquel hombre discusión.
Nos despedimos.
Queda sintetizada la conversación con el ilustre prócer, que nos deleitó con su charla documentada en materia taurina. No es el duque de Veragua un duque que tiene la pose de ser ganadero; es un ganadero que ha coincidido con un duque.
Cuando nos retirábamos del austero entresuelo de la calle de San Mateo, aún quedamos un rato charlando, a modo de posdata, en el recibimiento de la casa ducal. Este recibimiento es un pequeño museo taurino. Retratos del Chiclanero, Montes y Yust, apuntes de Goya; una cabeza de toro de ocho años, matado por el Tato; un cuadro copia de La Moñuza, en el que se ve al duque de Veragua, padre del actual, apartando una corrida acompañado del Regatero; un bastoncito de Paquiro; el palo de la muleta del Chiclanero, palo que tiene pocas dimensiones más que un lápiz comercial, y otras curiosidades menos curiosas que no recordamos.
-Adiós, duque; quedamos…
-Quedamos en que no creo que al público le interese el toro mientras tolere el capoteo excesivo y la puya actual”.
D. Manuel Martín Alonso
1928 – 1930
Aquí incluimos el contrato de compra-venta con todo lujo de detalles.



